La fuente y el bulo

A las pocas horas de que estallaran las bombas en los trenes de Madrid, el 11- M, un Guardia Civil de Las Palmas le dijo a un fotógrafo de LA PROVINCIA que “estos han sido moros”. No obstante, en muchas redacciones aún se creía que podía tratarse de un atentado etarra: eran los que habían disfrutado del monopolio del terror en plan industrial -para distinguirlos de los amanuenses del Grapo, un grupo misterioso que parece lo que no es y es lo que no parece- y también habían intentado atentar contra trenes. Pero al poco tiempo ya estaba clara la autoría, y hasta el mismísimo ministro del Interior, Ángel Acebes -que aún, a pesar de que parezca lo contrario, no estaba en la oposición- tuvo que reconocer las evidencias. Al poco, después de las elecciones del 14 de Marzo y la victoria socialista, en círculos populares y de la extrema derecha y el amarillismo mediático comenzó a hablarse de la conexión etarra como hilo de un ovillo que llevaría a los verdaderos autores intelectuales: una conspiración dirigida por elementos de los servicios secretos que beben en las cloacas del PSOE. Pedro J. Ramírez y Jiménez Losantos fueron los artífices ex aequo de esta teoría de la conspiración que ya abiertamente abrazan destacados dirigentes del PP.

Entre tanto, se celebra el juicio, y ha querido la mecánica judicial que el juez del 11-M sea Gómez Bermúdez, un personaje singular que ejerce su función con rigor y a la vez con claridad didáctica, y que llama al pan, pan, y al vino, vino.

Reconviene a los abogados de la acusación particular que no acusan a los acusados sino que se dedican a incordiar y sembrar dudas sobre peritos y testigos de los Cuerpos de Seguridad del Estado, llama la atención con cajas destempladas, cuando es necesario, a los imputados que se sobrepasan, y da muestras de prudencia y firmeza por partes iguales.

 Por eso cobra especial relieve la advertencia que le hizo al ex director general de la Policía durante el Gobierno de Aznar, Díaz de Mera, quien como si no tuviera la más mínima importancia aludió a un misterioso informe policial que alguien esconde y del que nadie sabe su existencia, que confirmaría el eslabón perdido: la relación entre ETA y los fanáticos islamistas.

El magistrado le rogó, de rogar, que dijera el nombre de la fuente, o que lo pusiera por escrito para conocimiento del tribunal, que guardaría toda la reserva posible, luego se lo exigió, por el bien del proceso, y finalmente, ante la intransigencia del eurodiputado popular que se negaba a ceder le impuso una multa de mil euros y le comunicó que pediría al Parlamento de Estrasburgo su ‘desafuero’ para iniciar un procedimiento penal contra él por desobediencia grave a la Autoridad.

Algunos policías del SUP afirman que Díaz de Mera es buena persona y honrado, pero que ha debido ser engañado. El líder de la derecha, Mariano Rajoy, le ha pedido públicamente que haga caso al juez y diga el nombre del confidente.

Pero el problema es que no se trata de un caso aislado. La mayor parte de las intoxicaciones en papel prensa o mediante las radios -en especial la COPE de los obispos- son sin pruebas y sin nombres. Rumores muchas veces inventados ‘in situ’ que levantan grandes polémicas y que luego, poco a poco, van quedando en nada.

En todos los casos que terminan en juicio oral hay siempre aspectos oscuros; si no los hubiera no habría controversia, y por lo tanto pleitos. Nadie pleitea sobre lo que se está de acuerdo, como es obvio. Así, todos los días en las salas de vista de toda España hay aspectos confusos, contradictorios, y hasta esotéricos, que los tribunales tratan de ir aclarando como decía el propio juez a unos escolares, “como las piezas de un puzzle, pero con la dificultad de que no tenemos una foto de referencia”.

Es habitual, en realidad es la regla, que unos testigos discrepen de otros, que algunos crean ver algo que el otro aprecia de forma distinta, que los peritos mantengan diferencias de enfoque y que los letrados encuentren motivos de duda en cada línea de los autos.

Pero eso es la esencia de los procedimientos judiciales. No se puede aislar de este contexto al juicio del 11-M y considerar como una absoluta novedad mundial que los acusados digan ser inocentes y que pasaban por allí por casualidad. También el 23-F golpistas hubo que acudieron a la disculpa del café.

Lo que cambian los tiempos… un ex director general de la Policía negándose a identificar una prueba a un juez. Así se entienden muchas cosas de las que pasaron aquel aciago día.

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