Pequeñas grandes cosas

A veces la calidad de vida de los vecinos, su bienestar, lo que de verdad quieren los ciudadanos, no tiene nada que ver con los empalagosos discursos de algunos políticos, encerrados en su burbuja de cristal y dedicados a sus equilibrios, acechanzas y divertimentos. En muchas ocasiones se le ha preguntado a un alcalde que para quién gobierna, porque una mayoría, indefectiblemente, en cuanto alcanza la exclusiva y el bastón de mando, con derecho a coche negro y chófer, parece que de repente considera al pueblo un peligroso enemigo. Se aísla, marca distancias en el día a día, si un barrio pide aceras le pone una piscina, y si quiere una piscina le cambia los postes del alumbrado. La manía del crecimiento infinito está muy extendida, y así los habitantes actuales ya no son tenidos en cuenta, sino los del futuro, los que pueden llegar desde otros municipios a las urbanizaciones que se proyectan tomando como modelo Nueva York, Hong Kong o Singapur.

En ocasiones se extrañan porque se organice una manifestación contra una autovía, un viaducto o un mamotreto, con lo bonito que queda en medio del monte, en lugar de unos incómodos pinos donde anidan los mirlos y otros pájaros que dan un tremendo guineo con su pío-pío. ¿Pero qué quiere la gente?, se preguntan alcaldes y concejales que no entienden cómo sus ideas, recibidas directamente desde el Cielo, no son acogidas con vítores y banderolas. Nunca mejor dicho lo de los árboles que no dejan ver el bosque. Cosas elementales se dejan de lado por poco importantes. Metidos de lleno en la sociedad del derroche, cuestión que en Canarias se agrava con la sopa boba de los fondos europeos que reciben los municipios a través de distintas fuentes, lo poco costoso parece poco relevante, y esa ecuación es más veces incorrecta que apropiada.

Fíjense ustedes: los irresponsables que tienen perros en sus casas o chalés que interrumpen con sus constantes ladridos el descanso de las personas, mañana, tarde y noche, o que tienen no uno ni dos, sino jaurías o manadas, constituyen un peligro muchísimo mayor para la colectividad que un árbol centenario en una carretera que, sin embargo, el Cabildo serrucha con sinigual altivez y desconsideración. Hay paradojas asombrosas, que entran en el capítulo de la hipocresía o el catatonismo: se aplaude hasta con las orejas a Al Gore y a sus denuncias de que el hombre se está cargando la Tierra, mientras se ordena la tala de cientos de eucaliptos que entre otros efectos positivos están ayudando a recargar de oxígeno la atmósfera de la Isla. Los cientos de árboles de más de medio siglo que han desaparecido compensaban el C02 producido por los coches que circulaban junto a ellos. En muchísimos países y ciudades los ejemplares que se quitan, o se replantan o se sustituyen, pero sin trampas. Porque por aquí, y ésta es otra característica de ciertos políticos e ingenieros, se trata de engañar al contribuyente, que es el que paga sus sueldos y el sostén de la democracia:se les dice que van a plantar nuevos ejemplares, y lo que se planta son unas varitas tiernas que a la segunda rociada de un tubo de escape pasan a peor vida; de rama pasan a ser palos.

¿De qué se trata? Algunos genios, que es una pena que no enseñen su saber en Burkina Faso, dicen que las raíces estropean la calzada o que los troncos pueden producir accidentes. Pero el sol y la lluvia también deterioran el pavimento, y no por eso se ponen paraguas o toldos de la capital a Santa Brígida o de Teror a Arucas. Y las farolas, las casas pegadas al carril, sin arcén ni nada, los contenedores de basura, por causar pueden perfectamente causar accidentes, incluso de aviación, porque en caso de emergencia una avioneta no podría aterrizar en Las Nieves. ¿Vamos a suprimir los postes, las viviendas, con la misma diligencia con la que se están cortando los eucaliptos?

Aparte de la incidencia que pueda tener en este estado de cosas el fracaso de la reforma psiquiátrica, que ha dejado a muchos locos en la calle por falta de alternativa, algo está claro: en determinadas ocasiones se confunde lo importante con lo grande y aparatoso y se olvidan esas pequeñas grandes cosas’ que en las avanzadas democracias de la ‘vieja Europa’ se dan por requetesabidas y asumidas desde hace muchísimo tiempo. No romper las papeleras públicas, tratar con respeto a los profesores, no hacer ruidos que molesten el descanso de los vecinos, impedir que los perros ladren de forma insoportable, respetar a los árboles…. En fin, pura educación para la ciudadanía.

 

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