Un ecologismo confuso

El tema de la ecología y el medio ambiente tiene una serie de lugares comunes que es difícil erradicar a golpe de evidencia empírica. Hay cosas que son como uno cree que son, por mucho que la simple óptica y el más elemental dos más dos son cuatro’ demuestren lo contrario. Estas ‘leyendas urbanas’, interurbanas más bien, afectan a diversas cuestiones, como a los árboles, objeto de una forma de racismo que casi siempre degenera en genocidio.La gran acusación contra los laureles de Indias y los eucaliptos es que son de fuera, razón más que suficiente para arrancarlos de cuajo. Pero como en el mundo actual las razones son bien vistas, se acude a lo que uno ha oído alguna vez: debajo de su sombra no crece nada, consumen mucha agua… Los plátanos consumen mucha más, y las palmeras, que son unas insaciables bebedoras, que por algo nacen siguiendo el camino del agua en las acequias y al lado de las cantoneras, y en los recodos umbríos de los barrancos. Los eucaliptos, dicen, “se han usado para desecar pantanos”. Una variedad sí, y otras no. También se utilizan para vahos ‘bajo manta’ que alivian los catarros y para hacer caramelos.

Luego está, por ejemplo, la ubicación de determinadas infraestructuras sociales, como una prisión. Ningún alcalde ni asociación vecinal la quiere en su territorio. “Genera inseguridad”. Error: lo que genera inseguridad es la ausencia de centros penitenciarios. Los alrededores de una cárcel son insólitamente tranquilos, y encima hacen un buen negocio gracias a los familiares y visitantes de los reclusos. Es un buen recurso económico para un barrio. Pueden preguntar en Salto del Negro y constatar el efecto multiplicador de las rejas. Pero el tic es también un impulso primario que tiende a la insolidaridad: a los miedos ‘ancestrales’ hay que sumar la pérdida de suelo para usos tan altruistas como la construcción clandestina, el pelotazo urbanístico y el bienvenido Mister Marshall.

Con la energía sucede tres cuartos de lo mismo. La nuclear es demonizada con total seriedad, y cada incidente se refleja en los medios de comunicación como si se tratara de la explosión de una bomba atómica. Sin embargo, el átomo forma parte inseparable de nuestras vidas: sin la medicina nuclear muchas enfermedades serían incurables e indetectables. La equis negra sobre fondo amarillo puede verse en numerosos lugares. El CO2 que largan las chimeneas y los tubos de escape provocan cada año decenas de miles de muertes. Interesante debate para el ecologismo.

Lo mismo ocurre con el proyecto del famoso tren que el Cabildo Insular propuso como milagrosa solución para canalizar el trasiego entre la capital y Maspalomas. Se presentó como lo último de lo último, la quintaesencia de la sostenibilidad, la mejor alternativa a los autobuses y a las carreteras. Pero ¿es cierta esa imagen o se trata de una idealización decimonónica? Para empezar, las guaguas de hoy no son la de hace diez, quince o veinte años; en la actualidad consumen menos y el combustible, a su vez, es mucho menos contaminante. Pero, por si esto fuera poco, el biodiésel y el hidrógeno están en puertas; existen perfeccionados prototipos con los que cuentan algunas flotas públicas.

Y hay otro aspecto sustancial: el establecimiento de un tren no eliminaría la necesidad de vehículos privados o de ‘micros’ porque los raíles y las catenarias impiden un enlace punto a punto como el que hacen los Global: Desde la estación de El Hoyo al interior de la urbanización turística, pasando por delante de los principales centros hoteleros, o sea, de trabajo. El tren no podría abandonar la línea recta y dejaría a los pasajeros a cuatro o cinco kilómetros de las concentraciones hoteleras y la costa, origen y destino de cientos de miles de usuarios, especialmente los fines de semana.

Pero la mayor equivocación es creer que este medio de transporte no depreda suelo como una autopista; la verdad es que habría que crear un corredor a todo lo largo del trayecto, protegido en ambas bandas con vallas que impidan el paso. A su vez se requerirán grandes desmontes para conseguir una pendiente adecuada que permita mantener una velocidad de crucero. ¿No sería más lógico actualizar los ‘contratos programas’, financiar aún más una parte del coste para la movilidad de trabajadores y las innovaciones tecnológicas, impulsar la renovación con la generalización de las nuevas tecnologías de la energía…?

Ciertamente es difícil comprender como mientras se proponen medidas contra el abuso en la ocupación del territorio y la destrucción del paisaje se puede defender objetivamente lo contrario sin atender ni a buenas razones ni a mejores números y comparaciones.

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