Una serie de barrios: El Pilar, vecinos pobres de Negrín (5)
En El Pilar viven 6.000 personas y todas conocen la historia de sangre que ha marcado su existencia. Cuando hace diez años los camiones atravesaron sus calles para edificar el Hospital Doctor Negrín pensaron que un futuro de mejoras estaba en la puerta. No fue así. Una calle separa sus viviendas de otras de ‘alto standing’. Son los vecinos pobres ‘de un médico republicano’.
Cuando hace diez años se colocaba la primera piedra del Hospital de Gran Canaria Doctor Negrín, los camiones atravesaban el barrio de El Pilar y sus vecinos albergaban la esperanza de que, además de revalorizar sus viviendas, su vida cotidiana mejoraría. Su gozo en un pozo. Finalmente El Pilar, y en general su conjunto, esto es, La Feria, se han convertido en el hermano pobre del Doctor Negrín. Las viviendas siguen en la misma situación de abandono que entonces y las fachadas presentan aún la huella de una obra, la del hospital, que deterioró aún más su entorno.
El Pilar cuenta con 1.500 casas que ocupan unos 6.000 vecinos. Dispone de iglesia y tiene una población relativamente joven, entre 30 y 50 años, en la que el paro ha hecho presa.
Uno de los vecinos más antiguos del barrio es Antonio Rodríguez, presidente de la Coordinadora de Viviendas, que a finales de los ochenta del pasado siglo vivió un alboroto porque alguien tomó el dinero y corrió. Y hasta la fecha. Fue entonces cuando Antonio, junto a un grupo de vecinos, tomó el timón de la Cooperativa de Viviendas en la que muchos habían depositado sus ahorros. De manera que si alguien tiene autoridad para hablar de la evolución de La Feria, ese es él.
“También la construcción de las viviendas de lujo que están anexas al barrio, junto al hospital, causó graves daños y deterioro a los edificios por el continuo movimiento de tierra”, recuerda. Los vecinos de El Pilar están enfadados con el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria porque pagan religiosamente sus impuestos desde 1975 pero a cambio, dicen, “no ha invertido en este barrio ni siquiera el 10 por ciento de ellos”. Cuentan y no acaban que, por ejemplo, el edificio del centro cívico El Pilar, que debería haber sido construido por el Consistorio, se construyó por iniciativa de la cooperativa Virgen del Pilar, “sin ayuda de ninguna institución pública”. Por lo tanto, “se trata de una propiedad privada que se sostiene con las cuotas de los socios y con el apoyo de la Asociación de Vecinos Hostelería”.
Los vecinos cuentan que han acudido “un montón de veces” a su concejal para denunciar los derrapes de camiones sin frenos en el acceso al colegio público, así como el peligro que ello supone para las viviendas situadas junto a una ladera que carece de muro de protección “y, ni caso”. “Esperan que suceda otra desgracia en el barrio para después lamentarlo”.
“Aquí se ha trabajado duro para que el Ayuntamiento ejecutara pequeñas obras, pero nunca hemos conseguido que se presupuesten obras de infraestructuras como una guardería o locales municipales para la juventud. De eso, nada o muy poco”, cuenta Rodríguez, quien critica que una de las pocas intervenciones del gobierno municipal en el barrio fue para acabar con una de las pocas alegrías que tenían. “Nosotros somos gente trabajadora que igual que poco a poco hemos ido arreglando nuestras casas, de las que llaman de protección oficial, también organizábamos las fiestas del barrio como sabíamos. Todo eso hasta que el Ayuntamiento le exigió a la comisión de fiestas un seguro de responsabilidad civil. Y eso, claro, era mucho gasto y mucho riesgo”.
Cuando se les pregunta por el hospital, de sus obras y de las expectativas que abrió, sólo hay una cosa que gratifica a esta vecindad: tenerlo al lado mismo. De resto, nada. “Todavía hoy se nota el deterioro que sufrieron las fachadas del barrio con todo aquello. El Ayuntamiento debería compensar a este barrio con una remodelación y pintar los bloques que lo necesiten, pero se han hecho los locos”.
Manuela Santos es una de las vecinas más antiguas del barrio y dice que para ella “esto no ha cambiado mucho. Casi nada”. Ella sale poco, si acaso a comprar pan y algo de jamón para sus nietos, pero escucha y comenta lo que pasa en su barrio cuando baja al portal. “Este barrio es una afrenta… se lo digo yo. ¿Cuándo se ha visto un sitio donde la gente normal vaya por la calle y le disparen en la cabeza?, ¡quite, quite…!”, dice en referencia al asesinato de una mujer a manos de uno de los vecinos hace unas semanas.
Dicen que la falta de unidad vecinal ha impedido que los vecinos de El Pilar se responsabilizaran del mantenimiento económico del centro cívico, por eso la cooperativa le vendió al Obispado parte del edificio. “Es que aquí mucha gente ha ido a lo suyo, sin darse cuenta que lo suyo es también el barrio”, dice Rodríguez. Ese local estaba destinado a salón de actos, pero no pudo ser”.
La impresión que persiste durante los años cuando se pasea por esta zona de La Feria es la de haber llegado a un barrio a medio hacer. Destartalado, ventolero, de calles anchas y fachadas penosas. “No diga más. La desidia del Ayuntamiento, éstos y los que se fueron, ha estado presente aquí por los siglos de los siglos”. José Manuel regenta un negocio desde hace años y ha sido testigo de su evolución. Así lo expresa: “¿Quiere que le diga?, pues que estamos más solos que la una. Fíjese lo poco que nos quieren que ni en elecciones vienen políticos aquí”.