Bambi llega a la selva de la ortodoxia económica y Solbes come chuletas en el Parnaso. El parsimonioso ministro de Economía tiró la toalla cuando vio que sus colegas de gabinete se pasaban por el forro de la chaqueta sus advertencias sobre el dispendio social, y no atendían su llamada a la contención del gasto.
La pérdida de la inocencia sirve para adolescentes y para maduros: Zapatero dejó de ser ayer el intrépido líder de León para derramar sobre la alfombra del Congreso las escamas de su Estado social. El encantamiento se rompe y el programa socialdemócrata tiene que hincarle el diente a pensionistas, madres y funcionarios para frenar el déficit público.
Nunca es tarde para reconocer que la economía ahora es más complicada. Ya no basta con declararse keynesiano o con decir que eres un aguerrido defensor de la Escuela de Chicago. Estos días le han demostrado a ZP que nunca se puede decir en alto que el Estado del Bienestar de los españoles es intocable. La economía indescifrable y el europeísmo integrista anticrisis han hecho tenaza para romperle los esquemas al socialismo paternalista.
El tijeretazo histórico, el recorte llegado de Grecia, mete el dedo en la llaga de iniciativas políticas (no es una exclusiva de ZP, por supuesto) que supuran populismo, cuando no el oportunismo para cerrar bien el granero de los votos.
En la trama del miércoles negro falta por descifrar cuál es el tamaño y pronóstico de la herida del presidente.
En otras palabras, qué tipo de higadillos quería la UE para empezar a poner en limpio sus apuntes, y si ZP no tuvo más remedio que ofrecerle los más ejemplarizantes, los más llamativos, para llegar en 2011 a un déficit público del 6 por ciento. El país que preside la UE ha tenido que tragarse un marrón del tamaño de una boa pitón, cuya compleja digestión consistirá en convencer a una sociedad desconcertada sobre las bondades de las reformas urgentes puestas en marcha.
Ni la llamada de Barack Obama antes del aquelarre puede calmar las preguntas sobre cuál es la razón de que unos paguen el pato más que otros. Bambi está ya en la selva y anda a trompicones, y hasta se olvida de que es Bambi y que muchos esperaban de él un toque de distinción acorde con su obsesión por la redistribución de la riqueza.
El personal anda harto de vivir entre la elefantiasis de las administraciones públicas que no se cortan un pelo a la hora del gasto. Está descoyuntado de observar el magma de los cargos de confianza que rodean a los mandarines de gobiernos y corporaciones varias, y espera más que nunca que en Europa alguien empiece a hablar del capitalismo ético.
A ZP le faltó llorar por el anuncio de su manual del hierro, pero allá él con sus problemas de conciencia. La cuestión real es que nadie, sobre todo los propios afectados, se cree que ellos son realmente la causa del déficit público, y por lo tanto los que deben ser la diana de los dardos de la Unión Europea. La envergadura del sablazo está en una quiebra entre el poder y la sociedad, que ha visto cómo toda la literatura sobre la necesaria regeneración de las prácticas económicas se diluye como un terrón de azúcar. Ahora parece que en este sentido toca mirar a Estados Unidos, donde tratan de poner límite a sueldos de vergüenza y a enriquecimientos que se llevan por delante cualquier grado de moralina. Ya no es sólo el déficit público, es un estado de opinión que clama, también en España.
Ir con el esparadrapo a toda prisa para enderezar a un grupo social que ha perdido el equilibrio ya no está de moda en Europa. Primero el déficit público. Y ahora viene lo peor, la prueba más fuerte del integrismo financiero de la UE: la derrama de 750.000 millones de euros para salvar a los países de segunda o tercera velocidad no es a cambio de nada. Quieren conocer y corregir los presupuestos nacionales. Cae el populismo, pero también algo de la solidaridad.