Meta en un mismo recipiente que Obama no va a dormir en el Pardo ni va a cenar en el Palacio Real; que la edad de jubilación y el periodo de cotización va de un lado a otro como una maleta perdida por Iberia; que Rajoy dice que tiene una moción de censura debajo de la almohada; que la Bolsa se aburre y pega un respingo histórico a la baja; que las cifras macroeconómicas sudan déficit; que Zapatero va al desayuno de la Oración y se explaya en la utopía del pan para todos con lo de “no explotarás al jornalero”; que el diseñador Adolfo Domínguez se olvida de las costureras marroquíes con la vista cansada y pide el despido libre; que Almunia nos compara con Grecia….
Basta todo ello para que aparezca el haplotipo más invariable del ADN español: el pesimismo, la autoflagelación, el derrotismo, la insatisfacción, el gallinero de la vulnerabilidad, la inferioridad… Salen a relucir, uno a uno, todos los archivos de la convulsa memoria histórica, y quedan aparcados los derivados de nuestra extraordinaria trayectoria a partir de la destrucción de nuestroorgullopatrióticoautárquico (bajo el toro de Osborne sólo el Sol reluce).
Antonio Muñoz Molina se adentra, en su novela La noche de los tiempos, en una versión más refinada de lo que hemos llamado, más allá del honor y de la pasión, el sentido trágico de los españoles. El autor pone de manifiesto la pesada losa de la España imposible que cayó sobre una generación modernizadora, que, aglutinada en torno a la II República, representó un grupo de profesores, escritores y profesionales. El arquitecto Ignacio Abel, bajo las órdenes de Negrín, diseña la futura Ciudad Universitaria de Madrid, un signo de euforia que, una vez situado en el colapso del golpe de Estado, acaba en exilio, pero sobre todo en la creencia de estar ante un país difícil de domeñar, unido inextricablemente al poder del impulso irreconocible.
La cicatriz es tan alargada que aún, décadas después, indagamos y recogemos sobre nuestro proceso de pacificación política, pero también de elevación de la autoestima. Pero la cicatriz, como decía, sigue siendo alargada y usted y yo hemos sido testigos de una semana muy regada del pesimismo de los tanques de pensamiento más influyentes, concentrados en hacer saber que España pierde “credibilidad y los mercados se ceban en ello”. Nadie va a exculpar a ZP de improvisación y de despiste macarrónico con el desgaste económico, pero, aun siendo así, flota en el ambiente una mala baba a remolque del “país imposible”.
Vuelve una y otra vez el deseo de situarnos en la autopista de una economía que, viendo los indicadores, se cruza de brazos. Hay un empeño por colocar a España al lado de la foto de los malos, y en especial ahora que preside la Unión Europea. Hay hasta una necesidad de buscar el fallo, y de soslayar cualquier atisbo de éxito o de ralentización de los porcentajes de alerta roja. Hay una capacidad tremenda para eludir responsabilidades, una difuminación del capítulo económico que da por hecho que la política del último ministerio no tiene nada que ver con la del anterior, ni con el otro… ZP y su gabinete, que no vio la crisis hasta que asomó el calcetín bajo la suela del zapato, ya paga las culpas con una remontada del PP en las encuestas del CIS.
Pero los mismos acercamientos sociológicos dan de nuevo calabazas a los políticos, que no son capaces de ofrecer consenso contra el problema. ¡Gracias que tenemos a Emilio Botín, que gana dinero y que dice que España no es el lodazal de Europa! Lo demás, como diría un poeta maldito, “apesta al aire que suelta la debacle jamás ocurrida pero siempre mentada, con saliva y despropósito”.
Y lo siento por los que ven en los banqueros a un destripador (aunque espero un gesto con el jornalero de Francisco González, del BBVA, con 79 millones de pensión), pero ya está uno agotado de tanto noventayochismo, de los augurios de desastre y de las antiguas amarguras de los herederos del arquitecto Ignacio Abel, enredados en su pesimismo. Por no citar a los que esperan en una mecedora a un cirujano de hierro.
El pasado viernes, al final de la tarde, pensé lo siguiente y lo añadí: nuestros parados no tienen derecho a recibir, día tras día, las fluctuaciones librepensantes sobre la situación económica española. Los parados deben acceder a llamaradas de optimismo, a noticias positivas, y no a registros noticiosos que nos impactan “con un impago de la deuda española en riesgos históricos”. ¿Qué más les da a ellos? Estos señores, repito, quieren optimismo. Quieren que de una vez por todas se les saque del atolladero, y por ello esperan como agua de mayo algo tan revolucionario como que se hable lo más posible de la situación que padecen. Ellos no están pendientes del artículo del Financial Times. Ellos están más pendientes de una recomposición del tejido productivo. Trabajo y más trabajo.